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lunes, 12 de agosto de 2013

Confesiòn en negro, Julia Uceda





Ahora puedo decir: esto era 

la mayor parte de la vida. Lamento 
sin embargo, aunque no 
con excesiva pena, 
no haber tenido nunca un dormitorio, 
aunque por otra parte, 
qué podía yo hacer con tantos muebles 
y con tanta madera arrebatada 
a aquellas tierras en donde nació... 
                  Fue roja mi primera cama. 
                  Tenía una plaquita, de San José y el Niño, 
                  en el pequeño cabezal. 
                  Recuerdo todavía 
                  a los mayores discutiendo 
                  que su compra era urgente pues la niña 
                  no cabía en la cuna. 
Fué peor 
no acceder a los libros que, mudos, me llamaban 
porque venían y se iban 
más lejos cada vez. Igual que mis amigos, 
que mis casas, que las viejas butacas, 
que los paisajes encontrados. 
                  Quién sabe todavía 
                  en qué casa, en qué cuarto moriré. 
Sin embargo, me alegro 
de haber tenido, en USA, tres objetos: la boina 
de hielo del dolor 
de cabeza, el teléfono blanco 
-en mi tierra eran negros- 
de Mirna Loy, y haber averiguado 
lo que desayunaban, en altas copas cristalinas, 
las heroínas y los héroes 
del cine. Eran pomelos: esa fruta 
cuyo amargor no puedo soportar. 



¿Y del amor? Punto y aparte. 

Los quise. Me quisieron: 
todos fueron mis gatos. Y hubo también tres perros. 
Lo sé: no ha sido tan terrible.

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