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domingo, 22 de diciembre de 2013

Le conocí en un café tomando té

Este es el primer cuento que publico y @Misanthrrrope me prestó su voz.

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Le conocí en un café tomando té, tenía cara de psicótico pervertido, llevaba varios días sin afeitarse
y una cara de loco que solo tenemos los desequilibrados cuando hacemos el esfuerzo de esconderlo.
Me senté en una mesa cercana y no podía parar de mirarlo; tenía cara de escritor
y aunque resultó ser ingeniero, sí escribía.
Eso lo supe luego cuando me invitó a un trago a las diez de la manana en su piso; yo reí y él me dijo que yo lo estaba mirando tanto que decidió invitarme, le pregunté si me invitaba para luego proponerme grabar una porno al estilo BangBus y entonces rió con completa sinceridad
no sabía qué era BangBus. Fuimos a su piso que quedaba cerca, tenía un perro tierno que me mojó la mano con su baba y luego se sentó sobre mis piernas. Él me preparó un gintonic y yo le dije que esperaba algo más suave, como un vino blanco y él con la mano extendida, el vaso en la mano
y de pie me dijo incrédulo que era lo mismo y agitó el vaso en un ademán de obligarme a aceptarlo
y se reía, en general reía mucho. Tomé el vaso y me quité las botas, subí los pies al sofá y rodeé mis piernas con mis brazos. Le pregunté si escribía, me dijo que sí. Le pedí             que me contara una historia y río de nuevo. Se sentó con su gintonic en la mano y cara de quien acaba de drogarse en el cuarto de bano.  - Ok, te contaré una historia- me dijo, mientras de un sorbo se tomaba el gintonic.


Esa manana desperté como todas las mananas; no sentí nada especial, no tuve ninguna senal mística, no tuve ganas de escribir algo que luego jugaría las veces de premonición; fue simplemente una manana de muchas. Bajé al mismo café de hace un rato, pedí un té negro cargado, como casi siempre - soy un hombre de costumbres si hablamos de té- me senté en la misma esquina de siempre y la vi: pálida, de labios gruesos, rojos por el frío, agrietados, a punto de reventar. Pensé en los labios de su cono, pensé que debían verse tan rojos e inflamados como los labios de su rostro y tuve una erección. Una erección limpia de las que solo inauguran malas intenciones. Ella leía el periódico y agarraba una taza con sus dos manos, el humo creaba una atmósfera de frío que no se sentía dentro y levantó su mirada y me sonrío sin mostrar sus dientes con una mueca de arrogancia, que solo tienen quienes están acostumbradas a las miradas furtivas. Me sostuvo la mirada sin miedo y eso me pareció importante, casi respetuoso. Bajé la mirada derrotado y comencé a leer el periódico. No recuerdo el nombre del periódico, ni recuerdo las noticias de la primera plana. Si recuerdo la historia de un asesinato familiar y la foto de dos desaparecidos. Y entonces ella se sentó.


Me saludó con la suficiencia de quien saluda a un nino y a mi me tembló el labio inferior. Ella era invasiva y su presencia traía consigo una agresividad inhumana. Luego entendí que eso ocurre solo con las personas que están listas para morir. Se sentó en la silla, abrió sus piernas y metió mi mano por debajo de su abrigo y con fuerza la llevó hasta su sexo. Me dijo que ese día iba a morir y quería hacer el amor con un extrano. Yo balbuceé un ‘de acuerdo’. Subimos a su piso, cerca del café me recibió un perro que mojó mi mano con su baba. Ella me preguntó si quería un Gintonic, perplejo le dije que si. Se soltó el pelo y se quitó el abrigo. Esa manana hicimos el amor contra el frío. Ella abría sus ventanas en invierno.
Me repitió que ese día iba a morir y yo reía, me pidió que me quedara con su perro. Le dije que si, me pidió que lo jurara; lo juré. Me dijo que los juramentos eran importantes, le dije que estaba bien, que lo juraba. Me sonrío satisfecha y era bella, pálida y nostálgica como la tristeza. Me abrazó y se puso sus botas. Me dijo que era hora de irme, en cualquier momento podría morir. Le pregunté por qué se ponía las botas y me dijo que lo hacía cada vez que despedía a alguien por si tenía que salir corriendo. Me dijo – vete-. Y con la estupidez de un hombre que acaba de hacer el amor y le ha gustado le pedí que me dejara acompanarla a morir. Me miró con cara de borracha, un poco molesta, como mira un vecino al otro cuando se inmiscuye demasiado en sus asuntos. Al rato me dijo que estaba bien, mientras se untaba mantequilla en sus labios agrietados.

 Era una rara que daba miedo y aún así insistí. Me dijo que me veía a las once en el café. Acepté y a las once menos diez la esperaba, le había comprado un té y cuando llegó más pálida que en la manana me dijo que el té la calmaba y no quería calmarse, pidió café y de su bolsillo izquierdo sacó una botellita de licor y la mezcló en la taza. -La muerte viene y es una puta- me dijo con una sonrisa maníaca en su cara. Quise correr y conté hasta tres, pero la muerte no vino y yo me quedé. Al terminar la taza me dijo –vamos- y yo la seguí como quien sigue un sueno.

 Me dio las llaves de su piso, me dio una tarjeta con los números de contacto de los veterinarios, me contó de las manías de su perro, me explicó qué debía y qué no debía hacer y luego me dijo que iríamos a la estación de tren. –Te vas a lanzar al andén- le dije asustado. –Si- me respondió como si fuera el paso más lógico después de una larga caminata. -No debes seguirme- me dijo -a la muerte no le gustan los intrusos-. Apuró el paso a las diez y veinte y a las diez y treinta ya estábamos en el andén vacío de un miércoles en la noche. Y es que ese andén siempre le va a pertenecer al miércoles.

Me dijo puedes acompanarme únicamente si juras respetar mi libertad, los juramentos son importantes repitió. Vendrá el tren y voy a lanzarme, he de morir hoy ¿entendido?- lo dijo despacio como quien le habla a un nino con déficit de atención.

A las once menos cuarto sonó el pitazo del tren, yo temblaba y sentía náuseas, ella estaba más pálida que antes y con sus ojos me prohibía interferir. El tren venía y ella corrió y subió unas escaleras en dirección opuesta al tren, yo no entendía. El tren pasó y ella regresó fumándose un cigarrillo. –No era el tren correcto- me dijo, con una demencia que es inútil describir. Me dijo que ella no daba explicaciones pero que debía morir porque la felicidad era muy violenta y siempre impermanente, -y no le voy a dar la satisfacción a esa puta.- concluyó mientras con sus botas aplastaba lo que quedaba del cigarro que ya había tirado. –Me voy- dijo ajustándose las botas y ese gesto siempre  quedará grabado, era un mensaje a la muerte, su agresión no le quitaría las botas, y era su forma de despedir la vida. Subió las escaleras y me lanzó un beso con la sonrisa demoníaca de la sabiduría y se volteó con sus botas puestas y un bolsito en donde guardó su tarjeta de identificación –solo quiero que sepan quién es el cadáver- me dijo ríendo con una locura eterna.

El pitazo del tren otra vez, el pitazo sostenido del tren, el pitazo agónico del tren, el grito. Y yo inmóvil con la noticia de la muerte en mis labios.  A la manana siguiente aturdido leía la noticia en el periódico y pensé en lo mucho que cambian las circunstancias en un par de horas. La nota decía que llevaba las botas puestas y una tarjeta de identificación, nada decían de sus labios rojos, nadie dijo si sobrevivieron intactos el impacto.

La conocí en un café mientras yo tomaba té.

Concluyó la historia con una sonrisa mientras me pasaba el recorte de periódico para darle un sentido mayor de realidad al asunto. Yo me puse las botas y las ajusté. Acaricié al perro, me tomé el vaso de gintonic.

¿Cómo lo sabes? – le dije


Y él sonrío.




CR

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