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jueves, 28 de enero de 2016

En el espejo


Paddi in the mirror

Al morder los restos de una semilla de limón, luego de haber sido procesada en la licuadora, tiene la misma consistencia que un pedazo de uña. La saliva difumina las diferencias y la mente se agita con su composición. Lo mismo ocurre contigo, en algún lugar del Sur, cuyo nombre me he prohibido pronunciar. Tienes la misma consistencia de otros, aún así, esencialmente, tu constitución es distinta. Te has pasado años buscando a la balleza, pero has concluido que la belleza carece de corporalidad, y ¿Cómo podría ser distinto? Te respondes ahora, ¿Cómo podría reducirse la belleza a una materia ordinaria, capaz de ser tocada, contada y descrita con absoluta atención a los detalles? No, ciertamente no es posible, entender a la belleza de esa forma sería interpretarla como una realidad fisiológica, alejarla de mitos, hacerla humana, y no hay nada más alejado de la belleza que lo humano y todo lo que se le asemeja. Por eso admiramos lo que en nuestra opinión es extraordinario, pero la belleza ni siquiera entra en esa definición, y lo has entendido ahora, después de tanto buscarla. Entonces comenzaste a escribir, para dejar tus heridas por escrito, las borraste y las reescribiste y las pegaste a la pared, como un culto prudente a todo lo que fuiste y dejaste de ser. Brillante, por eso le das tantas vueltas a preguntas existenciales, que no tocan temas personales, pero aún así, te cambian la vida, el nombre, la dirección. Y son las respuestas las que te han dado excusas para perdonar a todo aquel que te hizo daño, y las respuestas las encontramos ambos al mismo tiempo, y comprendimos la libertad, no de los otros, sino de nosotros mismos. Y qué decir del amor cuyo nombre solo evidencia finales, por eso es tan necesario, porque las conclusiones son importantes.

Una noche acostada en tu cama soñé que una muñeca crecía en mi vientre y con precisión quirúrgica desgarré mi piel para sacar a esa figura intrusa, que inflaba mi cuerpo y lo invadía sistemáticamente. Asqueada, como quien saca larvas de una herida, tomé su cabeza, estaba viva y azul y sin quitarme la mirada de encima, se escondió bajo tu cama y se quedó allí, en medio de la náusea. Hace algunos días volví a soñar con la misma muñeca-larva-azul, de mirada fija y oscura, de lengua negra incestuosa. “¿Cuál es tu sueño?” me preguntó “escribir una novela” le respondí, desviando mi mirada, “entonces, ¿Por qué no escribes?”

Nunca puede reproducirse un sueño como realmente ocurrió mientras soñábamos, pero quedan ciertas imagenes, colores, que nos llevan a concluir que así pasaron las cosas y nos quedamos con esa versión, no porque sea lo más cómodo, sino porque es nuestra mejor opción. Lo mismo ocurre con el pasado, cuando un momento pasa, la reproducción del mismo no es la misma, ya desde su nacimiento está destinada a ser lo que no fue. Aún así, se encuentran las palabras y allí está la enorme función del lenguaje, siempre encuentra las palabras para darle vida al silencio y a las experiencias silenciadas, a pesar de sus trampas, de sus límites: el lenguaje encuentra las palabras si la escritura es honesta, alejada de pretensiones. Si en algún momento vuelvo a soñar con la muñeca que salió de mi cuerpo y vive bajo tu cama, le diré que no escribo porque aún tengo demasiadas pretensiones que matar, y ese es un intento sincero de sumisión al lenguaje, que no entiende de egos, ni finalidades, al saberse fin y no instrumento.

 Creo que esa es una de las formas de encontrar a la belleza, en la carencia de vanidad, en la carencia absoluta de un fin porque lo que se crea o lo que se es, es un fin en sí mismo. La belleza y la corporalidad no son compatibles, por lo tanto enunciar a la primera bajo el concepto de una idea que se materializa, es mentir. 

El amor con sus finales es un espejo, y lo sigue siendo a pesar de los finales. Las historias que se escriben también, por eso es tan incómodo escribir, por eso es tan difícil.  

- CR, VocalesV


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